En los procesos de separación y divorcio con hijos, uno de los temas que más conflicto genera es la frecuencia del contacto entre el menor y el progenitor con el que no convive en ese momento. Llamadas diarias, videollamadas obligatorias o contactos rígidamente pautados suelen justificarse bajo el paraguas del llamado “interés superior del menor”. Sin embargo, desde la psicología del desarrollo y la teoría del apego, esta premisa merece una revisión profunda.

Existe una confusión habitual entre contacto y vínculo. Se tiende a pensar que cuanto más contacto exista, más fuerte y sano será el vínculo. La evidencia psicológica nos dice otra cosa: el vínculo no se construye por acumulación de llamadas, sino por la calidad emocional de las interacciones y por la seguridad interna que el niño desarrolla respecto a sus figuras de apego.

Apego seguro y tolerancia a la ausencia

Un apego seguro no se caracteriza por la necesidad constante de contacto, sino por la capacidad del menor para tolerar la ausencia del otro sin vivirla como abandono. De hecho, la tolerancia a la ausencia es uno de los indicadores más claros de un vínculo sano. El niño que sabe que su progenitor está disponible emocionalmente, aunque no esté presente en ese momento, no necesita una reafirmación diaria impuesta.

Desde esta perspectiva, no ocurre ningún daño psicológico porque un menor pase uno o dos días sin hablar con el otro progenitor. Al contrario, cuando no existe una carga emocional negativa asociada, la ausencia bien gestionada organiza, estructura y fortalece el apego. El problema no es la ausencia; el problema es la ausencia cargada de miedo, culpa o conflicto adulto.

Cuando las llamadas se convierten en un problema

En contextos de alta conflictividad parental, las llamadas diarias suelen dejar de ser un espacio de conexión para convertirse en un acto relacional contaminado. El menor es interrumpido mientras juega, estudia o se regula emocionalmente; percibe la llamada como una obligación; y, en muchos casos, siente que debe posicionarse emocionalmente entre sus progenitores.

Desde el punto de vista psicológico, estas dinámicas pueden generar:

Paradójicamente, muchos progenitores que reclaman con firmeza llamadas diarias en nombre del vínculo muestran, en su vida cotidiana, una baja calidad de presencia real: largos periodos absortos en el móvil, delegación del tiempo del menor en pantallas o dispositivos, o interacción superficial. Aquí aparece una contradicción clara entre exigir cantidad de contacto y ofrecer calidad vincular.

Calidad vincular frente a cantidad de contacto

El vínculo sano no se mide en minutos de llamada ni en frecuencia de videoconferencias. Se construye a través de la disponibilidad emocional auténtica, la coherencia, la previsibilidad y la capacidad de estar presente cuando se está. Un contacto breve pero emocionalmente significativo es infinitamente más valioso que múltiples llamadas vacías o tensas.

La psicología del apego es clara: la seguridad emocional del menor depende más de la estabilidad interna del vínculo que de la presencia constante del otro progenitor. La ausencia bien hecha, sin manipulación ni mensajes implícitos de abandono, también construye apego seguro.

Repensar el interés superior del menor desde la psicología

Proteger el interés superior del menor no consiste en maximizar el contacto de forma mecánica, sino en proteger su equilibrio emocional, su autonomía progresiva y su derecho a no ser instrumentalizado en el conflicto adulto. Los convenios rígidos, diseñados sin una base psicológica sólida, pueden resultar iatrogénicos, aunque se presenten como protectores.

Desde un enfoque psicológico riguroso, es necesario repensar estas medidas y diferenciar claramente entre contacto impuesto y vínculo real. Porque el vínculo sano no se sostiene en la obligación, sino en la seguridad.

En definitiva, generar un vínculo sano también se hace a través de la ausencia. Y entender esto no debilita la relación padres-hijos; la fortalece.

 

Necesitas Ayuda?