Probablemente, nunca en la historia de la humanidad fue tan difícil educar. Esto se puede explicar por la ausencia de una circunstancia y por la presencia de otra. La ausencia de una figura de referencia que siempre existió, mayormente la mujer, aunque bien podría haber sido el hombre. No nos engañemos, los niños, actualmente, debido a la necesidad de que ambos progenitores trabajen o de que estos hayan decidido ejercer la paternidad fuera de una relación íntima con el otro, están, en muchos casos, «abandonados». Claro que se entrecomilla la palabra «abandonados», lo cual no implica que la mantenga. Para explicarlo me gusta acudir a “La Paradoja del Afecto Virtual”.

 

¿En qué consiste dicha paradoja?

 

Los padres, en virtud de ser los mejores padres posibles, están cometiendo una serie de errores que van de la mano de la incorporación y del mal uso que estamos haciendo de las redes sociales. Estas se han convertido en una tapadera para buscar un afecto maquillado de buen hacer. Todos compitiendo por lo mismo. Unos de una manera, otros de otra… pero todos anhelando lo mismo, El Refuerzo… ese like, ese comentario, esa mención que eleva los niveles de dopamina hasta la estratosfera emocional que la biología instauró en cada uno de nosotros para que sobrevivamos, no para que nos destruyamos.

 

Los padres sobreprotegen a sus hijos queriéndoles no educar sino proveer de todo cuanto les sea posible, como si de la cantidad y no de calidad dependiera una educación eficiente. Así, ambos progenitores han de trabajar fuera de casa, y mucho. Sí, no podemos negar la creciente inflación o los desorbitados precios de la vivienda, cierto. Sin embargo, cuando sale a la palestra alguna conversación acerca de estas cuestiones me gusta recordar que yo soy el menor de tres hermanos, y que cuando mi madre me tuvo ella tenía 24 años. Mi madre no tenía un IPhone, ni wifi, ni se iba de cervezas día sí día no. Tampoco tenía Netflix ni Alexa. Como digo, y sabiendo que en cada broma siempre hay algo de verdad, mi madre comía lentejas por la noche y bebía agua. Y era feliz; se podía permitir educarnos.

 

“Los padres “abandonan” a sus hijos para poder comprarles la Tablet a través de la cual estos podrán encontrar el Refuerzo que sus padres no les están dando para que puedan tener esa misma Tablet.” Esta es la paradoja. Insisto, soy consciente de que la vida ni es fácil ni es barata, pero déjame que cuente una anécdota, te aseguro que es solo una de tantas que me he encontrado en los últimos años.

 

Granada, sábado de febrero, siete de la tarde. Frío cortante. Bar de copas. Lugar un tanto oscuro. Parejas acarameladas. Una amiga y yo tomándonos una crema de güisqui. “Jose, el niño está tan cerca de mí que está incluso tocando mi pierna con la suya”, me comenta mi amiga. El niño tendría unos 6 años, y ya en sus manos un smartphone de última generación. Sus padres, que tardan en advertir la incómoda situación, regañan a su hijo y a un amigo de este (hijo de otra pareja) y nos piden disculpas. Los niños se apartan un poco pero siguen deambulando por el oscuro local, junto a las parejas acarameladas, mientras sus padres siguen bebiendo copas.

 

No disponía de ningún tipo de licencia legal para decirles lo que les hubiera dicho si la hubiera tenido, porque esos niños no deberían haber podido estar ahí, molestando a gente adulta mientras aprenden que un sábado por la tarde lo que se hace es irse a un oscuro antro a tomar copas. “Señores, vayan a casa con sus hijos y jueguen con ellos, hablen con ellos, edúquenlos”, es lo que brotaba de mi licencia moral.

 

Educar no es fácil, no lo es. Vivimos en la época de la historia de la humanidad en la que, sin duda, es más difícil educar por esa ausencia y presencia que comentaba anteriormente. Pero estamos a un clic de poder hacerlo mejor, mucho mejor. También es la época de la historia en la que más y mejor información tenemos a nuestro alcance, tan solo a un clic de ratón, y parece que a los padres no les importa.  Eso sí, podrán alardear de haber apuntado a su hijo a un sinfín de actividades “estréscolares” y que estos tengan mejor smartphone que ellos mismos. Absurda y lamentable competición. Postureo hasta para educar. 

 

«Educar es proporcionar las experiencias concretas para que el cerebro de un individuo se forme y se adapte acorde a las demandas del ambiente en el que este se va a desarrollar.»

 

En Capote Psicólogos somos conscientes de la necesidad de los padres de obtener herramientas que les ayuden en el largo y complejo proceso de educar. Sabemos que es importante para nuestra sociedad.

 

Por ello queremos comenzar asentando una sólida base que se fundamenta en 4 principios básicos. Los 4 pilares de la educación.

 

  1. Tolerancia a la frustración: No le des a tu hijo todo lo que quiera, aunque puedas dárselo. Así, de esta manera aprenderá algo que le será importante en el futuro: NO todo se puede conseguir. No sé si eres consciente de esto: tu hijo NO conseguirá TODO lo que se proponga. Es mentira eso de que si nos proponemos cualquier cosa podemos conseguirla. NO, no es así. A veces, muchas veces, por mucho que nos esforcemos, no conseguiremos aquello que nos hemos propuesto.2. Pensamiento Crítico: si quieres que tu hijo sea una persona que crezca intelectualmente enséñale a ser crítico, enséñale a pensar. Para ello la mejor manera es que tú también seas crítico delante de ellos. Reconoce frente a ellos tus errores, pide disculpas cuando te equivoques y analiza junto a ellos la situación. La mejor forma de crecer es a través del reconocimiento de los errores propios. Kant hablaba del término “Sapere Aude”, lo que significa “atrévete a pensar”. Alcanzar la madurez intelectual es pensar de una manera crítica, objetiva. Arriesgar la identidad. Eso sí, para poder conseguirlo hay que tener una gran autoestima, algo en lo que también deberás trabajar con tu hijo.

    3. Gestión del Aburrimiento. Desde que somos pequeños hemos estado tratando de “salir” de nuestro interior, acallando nuestra voz interior, haciendo de nuestra mente un lugar incómodo. Trabajando en ello, en crear una mente confortable, estando a gusto con uno mismo, es el mejor refugio frente a la dependencia emocional y las opiniones impuestas por el resto de personas. Aburrirse lo llaman unos, a mí me gusta llamarlo autoconocimiento y estar bien con uno mismo.

    4. Educación Tecnológica. La tecnología ha llegado para quedarse. No hay edad para tener un teléfono móvil, lo que hay es un momento. Y ese momento es aquel en el que valoramos la suficiente madurez para no dejarse llevar por el contenido no adaptativo que se muestra en las redes sociales. La tecnología puede ser muy adictiva. ¿Sabe tu hijo tener una buena relación con la tecnología? Para saber lo debemos entender que tener una buena relación con alguna sustancia o producto adictivo significa saber cuándo y cuánto se puede utilizar. Si tu hijo puede controlar el cuándo y el cuánto utilizar

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